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La palabra pan proviene del latín “pannus”, que significa masa blanca. El pan siempre ha estado presente en el devenir de la humanidad, las primeras evidencias del empleo de levadura quedan constatadas en los hallazgos arqueológicos que se relacionan con la cultura egipcia. Se sabe, que se emplearon hornos y que su importancia fue tal que incluso se utilizaba como moneda de cambio, llegándose a pagar salarios con tan preciado alimento.


Su uso se extendió al mundo conocido con el Imperio Romano, que ya poseían hornos públicos. El pan fue fundamental en su dieta. A partir de ahí se generalizó su cultivo. Con la caída del Imperio Romano, el desabastecimiento de este cereal afectó a toda Europa, ya acostumbrada a su consumo. De ahí que aparecieran “sucedáneos” como el pan de centeno, cebada, avena o maíz. El pan blanco se convirtió en un bien escaso y, por tanto, un privilegio al alcance de los más pudientes. El resto de la población consumía pan negro: de centeno, cebada o avena. Hoy en día sabemos que algunos de estos cereales son incluso más saludables que el trigo.


Aporte calórico El pan no es excesivamente calórico; el problema, surge por el acompañamiento que se le da al mismo, como son salsas u otros componentes ricos en grasas y muchos más calóricos que el propio pan. La realidad, muestra que 100 gramos de pan equivalen a un filete, lo que se traduce en 245Kc. El pan es una fuente excelente de hidratos de carbono. El consumo diario de una barra de pan cubre un 25% de las necesidades diarias de energía y fibra y lo hace a un precio sin competencia. Si además elegimos pan integral, el total de fibra sube al 50% de nuestras necesidades diarias. Existen otros aspectos a tener en cuenta, como puede ser su interesante aporte de vitamina B y su nulo contenido de grasas.


  

 

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